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Existe el champagne, el cava, el espumante y Rosell Boher
por Ernesto Oldenburg

Hace algunos años, bastantes, fui invitado a probar la línea de espumantes Rosell Boher al departamento porteño de su enólogo Alejandro Martínez Rosell, Pepe para los amigos.

Tan mendocino como Tupungato, Luján de Cuyo o Agrelo, Pepe es también Ingeniero Agrónomo. Por eso conoce como pocos lo que pasa abajo y arriba de su tierra, su finca natal, Chacras de Coria, poblada de sueños y viñedos.

Fue una reunión íntima, cálida, sin tiempo, un mediodía soleado de primavera. Recuerdo que a mi y otros periodistas nos tenían preparada una sorpresa. Mientras íbamos llegando Pepe fue descorchando y presentando con locuacidad las nuevas etiquetas de la familia de espumantes Rosell Boher. Sus hermosas botellas con diseños de ilustraciones modernistas femeninas del siglo XIX contienen millones de burbujas infinitas. Un collar eterno de perlas verticales que se elevan al cielo, el paladar de la boca, que conmueve el corazón. Ese vino apasionado, delicado, exquisito es un champán sutil, fragante, único. Fuimos probando los cuatro estilos con unas lonjas de jamón serrano que Pepe ofrecía como láminas de oro. Fue, recuerdo, un momento sublime y memorable.

El living clásico y austero nos contenía, expectantes -con interés pero sin ansiedad-, aguardando esa promesa aún sin revelar. Que no era otra cosa que su flamante línea de vinos, Casa Boher y Viñas de Narváez. Esa clase de noticias que –por suerte- se dan cuando los presentes están sentados. De esta manera, renacía la bodega fundada en Mendoza en el año 1900 por Bernardo Martínez, abuelo de Pepe. Mayor suerte fue cuando la recuperaron, en 1999, salvándola de la demolición. Y la nuestra, la de todos, que podemos por fin disfrutar sus vinos y eso que es algo mucho más que un espumante, y se llama Rosell Boher.


Por Ernesto Oldenburg,
periodista y chef propietario de 12 Servilletas.